COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA
ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA
4. COOPERATIVISMO, COMUNAS, CONSEJOS Y SOVIETS.
Mientras que, como hemos visto, el cooperativismo hunde sus raíces en lo más remoto de la experiencia humana, desarrollándose relativamente pronto en el capitalismo británico, el amplio y complejo universo de consejismo, sovietismo y autogestión, surge mucho más tarde y es bastante menos conocido. Es cierto que ya en la Grecia antigua se estableció una continuidad entre la propiedad comunal de la tierra y la evolución posterior de la democracia esclavista, en el sentido de que fueron las luchas sociales de los campesinos pobres para recuperar sus libertades amenazadas por el ascenso de las nuevas clases propietarias, las que forzaron las reformas democráticas. De entre la abundante bibliografía existente, hemos escogido el texto de Padgug --"Clases y sociedad en la Grecia Clásica"-- por su capacidad de síntesis:
"Hemos visto que la comunidad primitiva estaba internamente disuelta y sobre sus ruinas se creó una nueva comunidad restaurada, la polis democrática. En el centro de las reformas sociales acometidas durante la triunfante lucha contra la aristocracia estaba la restauración del viejo principio comunal de la ecuación posesión de la tierra-ciudadanía. Los pobres recuperaron el control sobre su tierra y todas las medidas que se tomaron tendía a asegurar ese control en el futuro. Se evitaron, dentro de lo posible, los impuestos directos sobre la tierra, las leyes se dictaban a menudo prohibiendo la acumulación de tierras en manos de familias concretas, la propiedad de la tierra se prohibió a los no miembros de la comuna, en algunos lugares, especialmente áreas coloniales, hubo intentos periódicos de redividir la tioerra en lotes exactamente iguales. Y, sobre todo, la propeidad de la tierra se ostentaba no de forma individual, sino dentro de una familia, el oikos, y todos los pasos se dieron para impedir que el oikos perdiera su tierra y que disminuyera el número de oikos. El carácter del nuevo estado basado en la tierra fue el de un estado central hasta su disolución. En una época tan tardía como el siglo IV, los pensadores conservadores como Platón, Aristóteles y Jenofonte podían todavía pensar en la polis organizadas en base a un grupo de tenentes de tierra iguales.
"El elemento comunal se restableció no sólo en su aspecto privado como propiedad individual de la tierra, sino más directamente en su carácter de propiedad estatal. El nuevo Estado era propietario de las minas, además de las tierras, y ambas eran consideradas propiedad colectiva, junto con el tesoro, y eran responsabilidad de todos los miembros de la comunidad. Este aspecto de la nueva polis representaba la pervivencia de del elemento que echa las bases de una propiedad comunal más allá de la división d ela propiedad privada, y que aparecen en la restricción de la posesión de la tierra a los ciudadanos. Aquí vemos la fuerza del principio dual de la propiedad comunal y uso privado en el meollo dela comuna restaurada en el sentido antiguo, pero en una forma nueva.
"La restauración del principio de propiedad de la tierra trajo consigo la restauración del princio de igualdad. Así, todos los miembros de la polis, como los de la vieja comuna, eran considerados iguales por el hecho de pertenecer a la comunidad en sí misma, y las diferencias de riqueza o área de residencia no eran tan significativas como lo fueron en el período de la aristocracia. Volvió a darse un fuerte énfasis en el prinicipo de igualdad, tanto en el sentido de revivir una situación anterior como en el de salvaguardar la comuna restaurada preservando a sus miembros en calidad de tales miembros. El aspecto político de esta igualdad fue su más clara expresión. El desarrollo de la asamblea como cuerpo principal de gobierno no era nuevo en sí mismo, como no lo era tampoco el uso del sorteo para adjudicar los cargos, ni las instituciuones políticas que conocemos. Eran más bien reactualizaciones de viejas instituciones comunales, que fuerpon puestas al día y adquirieron un nuevo sentido en la polis democrática".
Pedimos perdón por esta larga cita, aunque su valía es innegable ya que, por un lado, aprecianos una muy estrecha similitud con las características del código agrario mosaico y sobre todo con el capítulo 25 del Levítico antes visto, al estuar el "socialismo cristiano" de la Colonia Liefra, similitud que nace de que ambos tienen su origen en un modo de producción preclasista; por otro lado, muestra la dialéctica entre formas de administración económico-política y lucha de clases que ya se estaban formando en esa época y, por último, muestra que las formas comunales básicas pudieron ser readaptadas a las nuevas exigencias populares en detrimento de los privilegios aristocráticos. Ahora bien, Padgug añade luego que esas nuevas comunas estaban ya insertas en una estructura productiva que exigía, primero, la creciente diferenciación económica interna entre ciudadanos libres e iguales en lo político pero crecientemente diferenciados en lo económico, al aumentar las distancias entre los enriquecidos y los empobrecidos; y segundo, exigía también la explotación esclavista de los metecos y la explotación de los extranjeros, pero no dice nada de la salvaje sobreexplotación sexo-económica de las mujeres.
De todos modos, el desarrollo de formas de explotación interna y externa, que terminaron rompiendo las comunidades preclasistas, no extinguió definitivamente la tendencia a la autoorganización colectiva de los trabajadores fueran esclavos, extranjeros, campesinos o artesanos, aunque impuso muchas limitaciones que tardaron en ser superadas pese al crecimiento de las resistencias populares en el final del Imperio romano de occidente, que no podemos resumir aquí, por lo que remitimos al lector a que bucee en la impresionante obra de Ste. Croix "La lucha de clases en el mundo griego antiguo". Lo cierto es que, por todas estas razones, para cuando se desarrolla la Edad Media existe ya un complejo y rico mundo ideológico de justificación de la legitimidad de las revueltas que parcialmente se plasma en el "milenarismo" que tan profundamente ha estudiado N. Cohn, pero también en otras justificaciones de los artesanos urbanos. Todo esto nos muestra que ya en la Edad Media hay experiencias de comunas campesinas y urbanas que se autoorganizan para resistir con todos sus medios, incluida la violencia, a la explotación feudal, aunque con obstáculos insalvables impuestos por el modo de producción feudal.
Pero con la entrada en crisis del feudalismo, asistimos a un aumento de las prácticas de autoorganización en comunas. Un ejemplo especialmente significativo, y por ello mismo silenciado por la historiografía burguesa, fue la revolución husita de comienzos del siglo XV, que simultáneamente fue una guerra de liberación nacional del pueblo checo. Como en todos estos casos, las formas de democracia popular se expresaron en esta revolución independentista tan temprana en la historia europea sobre todo en los momentos cruciales dentro mismo del ejército revolucionario. Macek, en "¿Herejía o revolución? El movimiento husita", dice que:
"En el ejército popular, hasta los más humildes campesinos sabían que también ellos podían expresar sus opiniones. El hetman estaba en efecto secundado por unos cuerpos consejeros llamados comunas. Había también una comuna de caballeros, y una comuna de "trabajadores", encargadas de formular y de sostener los intereses de los campesinos y de los menesterosos de origen ciudadano. Los predicadores permanecían en el seno de las unidades y y tenían a los que combatían constantemente informados del fin elevado de sus luchas (...) Defendía, en primer lugar, los intereses de la pequeña nobleza y de la burguesía, pero no tenía intención de que fueses reconocidos con la ayuda de arrepentimientos y de humildes oraciones, sino al contrario, por la fuerza de las armas populares (...) Si recordamos cómo gemían los sometidos bajo la intolerable carga de tasas e impuestos eclesiásticos, comprenderemos que, al fin de cuentas, el combate de Zizka --dirigente revolucionario-- mejoró a las clases más humildes".
Luego, conforme la burguesía y sobre todo las clases trabajadoras fueron tomando conciencia de su fuerza y también de la imposibilidad de derrocar pacíficamente al feudalismo, aumentó la práctica de la autoorganización comunal en las luchas. Desde la revolución inglesa de 1647 con sus consejos de soldados del ejército de Cromwell, hasta las "juntas de trabajadores" de la Revolución de febrero de 1848 en París, el "consejo obrero" de la Asamblea de Francfort y en otros lugares de Europa en ese mismo año, pasando por la Revolución francesa de 1789 y la compleja y rica gama de formas de autoorganización popular de masas trabajadoras y pueblos oprimidos que confluyeron en la rebelión de Pugachov en la Rusia zarista de 1772-75, tan bien analizada Raeff, etc, a lo largo de este proceso no faltan las experiencias consejistas. Sin embargo, en estas sublevaciones dominó un componente ideológico característico de la mentalidad campesina precapitalista. Hablamos de la creencia en una especie de "paternalismo protector" que la monarquía tenía con el pueblo campesino, una especie de "pacto originario" por el cual el rey debía cuidar de pueblo. Se trata de restos licuados y debilitados de las formas preclasistas de unidad comunal en la que el administrador del excedente social colectivo asumía obligaciones para con su grupo. B. Lewin ha mostrado en su "Vida de Túpac Amaru" cómo en esta sublevación nacional campesina inca también jugó su papel el mito de las células reales dictadas por Carlos III por las que se protegían las propiedades comunales, y que eran escondidas e incumplidas por las autoridades intermendias entre el pueblo y el rey. Recordemos que esta sublevación tuvo lugar justo entre la de Pugachov y la de las masas campesinas franceaas que iniciaron la revolución burguesa de 1789.
Sin poder desarrollar aquí este tema, sí hay que decir que algunos restos suyos aparecen en corrientes del socialismo utópico y del "socialismo cristiano" de la época e incluso posterior. Tengamos en cuenta que la industrialización capitalista tardó bastante tiempo en abarcar todo el continente europeo en el siglo XIX y que incluso todavía en el primer tercio del siglo XX la clase trabajadora europea era esencialmente campesina si se rascaba un poco en su superficie. Todavía mucho más en Latinoamérica y en general en todos los pueblos no industrializados.
Pero hay un salto cualitativo entre estas experiencias comunales, en las que participaban activamente las masas trabajadoras urbanas, gremios enteros, artesanos maestros, oficiales y aprendices, en frecuente alianza con campesinos insurrectos, y la experiencia consejista, sovietista y autogestionada que no es otra que la existente entre el precapitalismo e incluso capitalismo mercantil y comercial, y el duro y puro capitalismo industrial e imperialista. La diferencia consiste, esencialmente, en que el consejismo socialista exige la socialización de la propiedad privada y la autogestión colectiva, lo que también le distancia cualitativamente del cooperativismo. Por esto, como veremos, el consejismo, sovietismo y autogestión han sido exterminados sin piedad por la burguesía y por la burocracia ex-soviética.
Sólo desde las más recientes experiencias, es decir, desde el antagonismo radical e irreconciliable entre el consejismo y el capital, reiterado siempre durante el largo período que va desde el último tercio del siglo XIX, el siglo XX y tiene visos de continuar en el XXI si pervive el capitalismo, solamente así podemos comprender, primero, la evolución del apoyo mutuo dentro del modo de producción capitalista; segundo, del cooperativismo como una entre muchas de las partes de ese apoyo mutuo en las primeras fases del capitalismo y, tercero, del consejismo como expresión más coherente de los objetivos estratégicos del pueblo trabajador. Ahora bien, hay que insistir en que estas experiencias recientes no rompen en absoluto con el hilo rojo que recorre internamente la larga lucha de las masas trabajadoras contra la explotación que padecen desde la aparición histórica de las clases sociales, acontecimiento que venía precedido e impulsado por la anterior aparición de la opresión y explotación etno-nacional e incluso antes de ambos, de la explotación de género. Existe una perceptible continuidad histórica de fondo en esta lucha que nos remite a las contradicciones antagónicas inherentes a la propiedad privada, con las discontinuidades causadas por los sucesivos modos de producción y sus formaciones sociales, que ha sido muy estudiada por el materialismo histórico, y que no podemos exponer aquí. Por ejemplo, siguiendo a Pérez Zagorín en "Revueltas y revoluciones en la Edad Moderna", el llamado milenarismo es una de las formas que adquiere esa dialéctica de la continuidad y discontinuidad, que se manifiesta también en el bolchevismo. El propio Marx asumió explícitamente dicha dialéctica histórica al afirmar que Spartakus, que encabezó una de las mayores sublevaciones esclavas y campesinas en el imperio romano, era su héroe, junto al científico Kepler.
Naturalmente, en esta evolución hay que tener siempre presente el hecho de que las luchas obreras y populares están además de influenciadas por las decisiones represivas de la burguesía, también por las presiones en contra o a favor de los partidos que dicen defender al Trabajo contra el Capital, y sobre todo influenciadas por sindicatos y partidos reformistas, y, todo ello, dentro de las condiciones objetivas y subjetivas existentes en cada nación, Estado y/o internacional. Por ejemplo, estos factores derrotaron a la heroica huelga de los peleteros de Newark, EE.UU, en 1887, pero también el hecho de que la patronal yanki no dudara en contratar peleteros británicos y alemanes como esquiroles pagándoles el viaje transoceánico, contando con la pasividad sindical europea. Nadie planteó a los peleteros pasar a la ofensiva, expropiar a la burguesía de los talleres y máquinas, suprimir el secreto bancario y de cuentas e instaurar la autogestión colectiva.
4.1. DE 1871 A 1919, PRÁCTICAS CONSEJISTAS
No podemos entrar ahora al debate sobre en qué medida la Comuna de París de 1871 es la primera y ya plena expresión histórica del consejismo del pueblo trabajador en su conjunto, que no sólo de la clase obrera y dentro de esta de su componente industrial y fabril. En el núcleo básico sí es el primer paso cualitativo pero aún con muchas adherencias, dudas e indecisiones provenientes de formas y procesos preindustriales que hay que analizar en base al lento desarrollo del capitalismo francés. Pese a todo, fue un movimiento de masas que barrio todas las anteriores consideraciones, teorías y creencias de cualquier tipo, que confirmo otras que ya habían adelantado aspectos cruciales de la lucha de clases, y que mostró como dos burguesías mortalmente enfrentadas, la francesa y la alemana, podían llegar a un acuerdo para salvar la propiedad privada de los medios de producción y destrozar a las clases trabajadoras insurrectas. Pero, además de esto, lo decisivo de la Comuna fue que enseño que los parias pueden dirigir la sociedad humana. Greg Oxley en "La Comuna de París de 1871" ha dicho que:
"Bajo la Comuna, todos los privilegios de los funcionarios del estado fueron abolidos, los alquileres fueron congelados, los talleres abandonados fueron colocados bajo el control de los trabajadores, se tomaron medidas para limitar el trabajo nocturno, para asegurar la subsistencia de los pobres y de los enfermos. La Comuna declaró que su objetivo era "terminar con la competencia anárquica y ruinosa entre los trabajadores por la ganancia de los capitalistas", y la "difusión de los ideales socialistas". La Guardia Nacional se abrió a todos los hombres físicamente capaces, y organizada, como hemos visto, siguiendo líneas estrictamente democráticas. Los ejércitos permanentes "separados y apartados del pueblo" fueron declarados ilegales. La Iglesia fue separada del estado. La religión fue declarada "asunto privado". Se confiscaron casas y edificios públicos para la gente sin hogar. La educación pública fue abierta a todos, así como los teatros y los centros de cultura y educación. Los obreros extranjeros fueron considerados como hermanos y hermanas, como soldados de la "república universal del trabajo internacional". Serealizaban reuniones, día y noche, en las que miles de hombres y mujeres ordinarios discutían cómo diferentes aspectos de la vida social podían ser organizados en función de los intereses del "bien común".
El carácter social y político de la sociedad, que estaba tomando forma bajo los auspicios de la Guardia Nacional y de la Comuna, era inequívocamente socialista. La falta de todo precedente histórico, la ausencia de una dirigencia palpable, organizada, de un programa claro, combinadas con la dislocación social y económica de una ciudad sitiada, significaba necesariamente que los trabajadores buscaban laboriosamente, a tientas, cuando se trataba formular los requerimientos concretos para la organización de la sociedad en función de sus propios intereses. Se ha escrito mucho sobre la incoherencia, las medidas a medias, el tiempo y la energía perdidas y las prioridades erróneas del pueblo parisiense durante sus diez semanas de poder dentro de los muros de una ciudad sitiada. Todo esto, y más, es cierto. Los communards cometieron muchos errores. Marx y Engels fueron particularmente críticos de que no hubieran tomado el control del Banco de Francia, que continuó pagando millones de francos a Thiers, con los que se estaba armando contra París. Sin embargo, fundamentalmente, todas las iniciativas más importantes tomadas por los trabajadores iban hacia la emancipación total, social y económica, de la población asalariada, como clase. Sobre todo, a la Comuna le faltó el tiempo suficiente. El proceso en la dirección del socialismo fue cortado en seco por el retorno del ejército de Versalles y el baño de sangre que terminó con la Comuna".
Este impresionante intento popular fue masacrado con una brutalidad sangrienta. Lissagaray, testigo directo por cuanto militante comunero en el meollo de los combates, nos ha legado sus memorias en la imprescindible "Historia de la Comuna". Al final del segundo volumen de la edición que nosotros usamos, Lissagaray dice: "Veinte mil hombres, mujeres y niños, muertos durante la batalla o después de la resistencia, en París y en provincias; tres mil por lo menos, muertos en los depositos, en los pontones, en los fuertes, en las carceles, en Nueva Caledonia, en el destierro, o de enfermedades contraidas en el cautiverio; trece mil setecientos condenados a penas que para muchos duraron nueve años; setenta mil mujeres, niños y viejos, privados de su sosten natural o arrojados fuera de Francia; ciento siete mil victimas, aproximadamente, tal es el balance de la venganza de la alta burguesia por la revolución de dos meses del 18 de marzo".
No debe sorprendernos el interés mostrado por Marx hacia la Comuna. Y lo hace en una experiencia practica de masas como la revolucion de 1871. En su texto "La guerra civil en Francia" de mayo dede ese año, escribe sobre el modelo comunal:
"Como es lógico, la Comuna e París había de servir de modelo a todos los grandes centros industriales de Francia. Una vez establecido en País y en los centros secundarios el régimen de la Comuna, el antiguo Gobierno centralizado tendría que dejar paso también en las provincias a la autoadministración de los productores. En el breve esbozo de organización nacional que la Comuna no tuvo tiempo de desarrollar, se dice claramente que la Comuna habría de ser la forma política que revistiese hasta la aldea más pequeña del país y que en los distritos rurales el ejército permanente habría de ser reemplazado por una milicia popular, con un plazo de servicio extraordinariamente corto. Las comunas rurales de cada distrito administrarían sus asuntos colectivos por medio de una asamblea de delegados en la capital del distrito correspondiente y estas asambleas, a su vez, enviarían diputados a la Asamblea Nacional de delegados de París, entendiéndose que todos los delegados serían revocables en todo momento y se hallarían obligados por el mandato imperativo (instrucciones) de sus electores. Las pocas, pero importantes funciones que aún quedarían para un Gobierno central no se suprimirían, como se había dicho, falseando de intento la verdad, sino que serían desempeñadas por agentes comunales y, por tanto, estrictamente responsables".
La siguiente experiencia práctica de poder consejista es el Soviet de 1905 en Petersburgo y luego en otras ciudades industriales del imperio zarista, pero que inicialmente surgió en Moscú a mediados de septiembre en una huelga de tipógrafos para aumentar sus salarios.
Trotsky fue uno d elosprimeros marxistas, si no el primero, en cerciorarse de la extrema importancia de la experiencia sovietica y en 1906 dijo en "El consejo de diputados obreros y la revolución" que:
"El consejo de los diputados obreros proclamó la libertad de prensa. Organizó patrullas de calle para garantizar la seguridad de los ciudadanos. Dominaba casi por completo el correo, el telégrafo y los ferrocarriles. Intentó instaurar la jornada de ocho horas con carácter obligatorio. Paralizando mediante la huelga al Estado absolutista, introdujo su propio orden democrático en la vida de las clases trabajadoras de la ciudad.
Tras el 9 de enero de 1905, la revolución demostró que predominaba en la cabeza de las masas obreras. El 14 de junio demostró, con la rebelión del acorazado "Potemkin Tavvitchesky", que podía convertirse en una fuerza material. Con la huelga de octubre demostró que podía desorganizar, paralizar y poner de rodillas al enemigo. Y haciendo surgir por todas partes los consejos obreros, mostró que era capaz de crear una forma de poder. Ahora bien, un poder revolucionario no puede apoyarse más que sobre una fuerza revolucionaria activa. El desarrollo de la revolución rusa puso de manifiesto que excepto el proletariado, ninguna clase social está dispuesta o es susceptible de apoyar el poder revolucionario. El primer acto de la revolución fue la lucha que opuso el proletariado a la monarquía en la calle. La primera victoria seria de la revolución se logró mediante una verdadera herramienta de clase del proletariado, la huelga política. Y el primer órgano embrionario de poder revolucionario fue un órgano de representación del proletariado. En la historia rusa moderna, el consejo es la primera forma de poder democrático. El consejo representa el poder organizado de la masa misma sobre cada una de sus partes. Constituye la verdadera democracia no especulada, sin dos cámaras, sin burocracia profesional, en la que los electores tienen derecho a revocar a sus representantes cuando lo estimen oportuno. El consejo dirige sin intermediarios, mediante sus miembros, diputados obreros electos, todas las manifestaciones sociales del proletariado en su conjunto y de sus diferentes sectores, organiza sus acciones de masa, le proporciona sus consignas y su bandera. Esta dirección organizada de la masas autónomas ha visto por primera vez la luz en suelo ruso."
Aquí sí tenemos más desarrollado el núcleo básico del sovietismo como poder de autogestión colectiva del pueblo trabajador. Trabajadores en todas sus gamas y sobre todo los de las grandes empresas, soldados, comerciantes, artesanos, campesinos, etc., unidos a los diputados obreros, crearon un poder nuevo, capaz de tomar decisiones vitales no sólo para reactivar la vida económica y los abastecimientos, paralizados por la huida, boicoteo y sabotaje empresarial, sino sobre todo para alumbrar con todas sus deficiencias y errores un futuro diferente. Hay que decir que uno de los secretos de la fuerza del Soviet de 1905 era la extrema debilidad del sindicalismo economicista. El impacto internacional del Soviet fue tremendo y sus efectos teórico fulminantes en los debates de todas las fuerzas políticas, sobre todo las de izquierda y extrema derecha, como veremos en su momento. Esto ha hecho olvidar el que simultáneamente al Soviet, el sindicalismo de izquierda estadounidense avanzara en una reflexión muy interesante sobre la autogestión obrera por medio de las aportaciones de Daniel De León.
Si bien la siguiente experiencia práctica de sovietismo y consejismo se inició en febrero de 1917 también en Rusia, hay que recordar las grandes aunque breves protestas de los soldados aliados en 1917 en el frente occidental; protesta espontánea pero que tendía a aglutinarse en embrionarios consejos de soldados, proceso cortado por las rápidas medidas de los Estado Mayores aliados.
Volviendo a Rusia, los consejos de obreros, soldados y campesinos, y en las empresas los comités de fábrica, de 1917 fueron decisivos para la victoria de la revolución y su continuidad en las dramáticas etapas posteriores. La relación entre consejos o soviets y comités de fábrica, fue inmediatamente fluida y directa, pero conforme los mejores militares y trabajadores dejaban las empresas para sumarse a la revolución, y según se multiplicaba el sabotaje burgués y las agresiones imperialistas, con sus efectos desmoralizadores en sectores de trabajadores con débil conciencia social, los comités de fábrica tuvieron que dedicarse a tareas urgentes de administración interna, surgiendo una distancia creciente que, junto a otros factores objetivos y subjetivos, comenzó a minar el poder popular y la democracia obrera y socialista desde su misma base: la unidad e independencia de clase del pueblo trabajador. Pero antes de esto, los consejos se preocuparon por estrechar las relaciones con las cooperativas para acelerar la recuperación socioeconómica, y sobre todo con las campesinas para organizar un cambio equitativo de productos agrícolas por máquinas y bienes industriales.
4.2. ALEMANIA, LUCHAS, ERRORES Y LECCIONES
La revolución rusa fue el primer estallido de una oleada revolucionaria de amplia extensión mundial. En Alemania se asistió desde poco antes de finalizar la guerra mundial a una tendencia autoorganizativa de las masas trabajadoras que era acompañada por un malestar creciente en bastantes unidades militares. Así, en 1918-20 los consejos obreros se extienden por este industrioso país, abriendo una larga fase de revoluciones y contrarrevoluciones que concluyó con la masacre nazi de 1933. Pero, a diferencia de los soviets rusos, los consejos alemanes no pudieron expresar ni impulsar la independencia política de la clase trabajadora porque, entre otras varias razones, no existían en Alemania organizaciones revolucionarias preparadas para trabajar dentro del consejismo como, en Rusia, lo estaban haciendo sobre todo los bolcheviques pese a sus errores y limitaciones, pero también otros grupos. Esto nos lleva al decisivo problema de las relaciones entre las organizaciones revolucionarias y el sindicalismo y el consejismo, y en el caso alemán, al problema del excesivo retraso en la formación de un colectivo militante fuera del reformismo socialdemócrata.
Tendríamos que volver aquí al premonitorio texto de Lenin Qué hacer de 1902 --Lenin era el primero en insistir en la concreción histórica de su texto y por eso lo fue readecuando a los cambios en cada nueva edición-- y a los debates posteriores mantenidos con quienes minusvaloran la importancia de la organización específica de los revolucionarios y sobrevaloran la mitología espontaneista, debates permanentes hoy mismo por la gravedad cualitativa del problema. Este debate nos permitiría comprender, por ejemplo, por qué en la mayoría de los consejos alemanes, los patrones siguieron en sus puestos aunque muy vigilados y sin poder e influencia política; por qué en otras muchas fábricas, la carencia de materias primas y repuestos generó, como en Rusia, la insolidaridad entre los consejos respectivos y el llamado "patriotismo de fábrica", es decir, el individualismo de empresa" en detrimento de la unidad de clase del pueblo trabajador, y por qué, a diferencia de Rusia, los consejos apenas pudieron superar esa lacra.
Pese a todo, hay que reseñar un momento especial, el llamamiento de los consejos de obreros y de soldados del Ruhr en enero de 1919 para imponer revolucionariamente la socialización completa de las estratégicas minas de carbón, codiciadas por las burguesías alemana y francesa. Pero no sólo siguieron en sus puestos los patrones, con su poder práctico casi intacto, sino que tampoco perdieron influencia los sindicatos y partidos reformistas. P. Broue ha estudiado el Congreso de los Consejos en Revolución en Alemania y ha descubierto que:
"El Congreso de los consejos de obreros y soldados traduce la amplitud del fracaso político sufrido por los revolucionarios en seis semanas. Toman parte 489 delegados, cuatrocientos cinco enviados de los consejos de obreros, ochenta y cuatro por los consejos de soldados. Sobre el total hay solo ciento setenta y nueve obreros y empleados, contra setenta y un intelectuales y ciento sesenta y cuatro "profesionales", periodistas, diputados permanentes del partido o de los sindicatos; los representantes del aparato son ampliamente superiores, sobre los obreros de las empresas. Los socialdemócratas detentan la mayoría absoluta con doscientos ochenta y ocho delegados, contra lo noventa independientes --de los que diez son espartakistas, como Heckert y Léviné-- once "revolucionarios unidos" vinculados al hamburgués Laufenberg, veinticinco demócratas y setenta y cinco sin partido. La mayoría es conseguida antes bajo propuesta de Ebert. El día de la apertura, el Vorwärt, trazando la perspectiva de la de la convocatoria de la Asamblea constituyente, puede permitirse ironizar a expensas de los spartakistas y preguntarles si, conforme a su reivindicación del poder para los consejos, aceptarán la decisión de los consejos de desprenderse del poder".
Estos datos muestran que no se puede caer en el culto dogmático e idealista del total espontaneísmo de la clase trabajadora, aunque siempre existe una dialéctica social entre creatividad espontánea, organización estable e interna a la clase trabajadora y memoria histórica de autoorganización. Según los contextos, esta dialéctica social puede desplegar el avance autogestionario pero también puede, en el caso opuesto, permitir que la clase dominante aborte el proceso. Incluso desde una perspectiva que no valora en su plena transcendencia esta dialéctica social al reducir la importancia de una organización revolucionaria estable y permanente, E. Fioravanti afirma en Consejos obreros, sindicatos revolucionarios y partidos en la revolución alemana que: "La Revolución alemana también demostró que no siempre los consejos tienen una actitud revolucionaria, pueden acabar siendo manipulados cuando los partidos socialdemócratas pasan a controlarlos".
El problema consiste por tanto en cómo crear y mantener una organización que lleve en su identidad genética la lucha consciente por la autoorganización del pueblo trabajador. Una organización que en los períodos de retroceso y estancamiento de la lucha de clases conserve viva la llama del consejismo de modo que cuando renazcan las prácticas consejistas y sovietistas, ayude a evitar la repetición de los errores que J. Barrot y D. Authier describen en "La izquierda comunista en Alemania 1918-1921" :
"Los proletarios son vencedores mientras se apoyan sobre sus funciones sociales, utilizando el aparato productivo para abastecerse, armarse, transportarse, sin por ello quedarse dentro de los límites de la producción. Las ciudades sublevadas se unen y van a apoyar a los obreros de otras ciudades. Pero incluso aquí el movimiento poner de manifiesto sus puntos flacos que marcan toda la época, Después de haber vencido, con sus mismos métodos y sobre su terreno al ejército, los proletarios, la inmensa mayoría, dan por finalizada su tarea y entregan el poder a los partidos y a la democracia. El ejército rojo echa fuera a los militares y después se ha reducido ante el clásico movimiento obrero. Los obreros se han movilizado por la democracia, y aquellos que han querido ir más lejos han sido abatidos por la misma fuerza militar que apoyaba al putsch antidemocrático y a la que rápidamente el Estado recurre. Como lo reconoce la Internacional Comunista, paralelamente hay "guardia republicana" y "ejército rojo": constituida por un cartel de organizaciones (SPD-USPD-KPD), la primera pone la mirada en guardar el orden y los stocks de víveres. Como en Baviera y en Hungría, los obreros más que tomar la ofensiva han ocupado un vacío. Han ocupado el espacio social sin transformarlo en un sentido comunista".
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